contra el opresor, os la doy, Aramis.
--Me basta, --repuso Herblay sonrojándose. Ahora, dadme vuestros dos
mejores caballos para el segun-
do relevo, pues so pretexto de un viaje que el señor de Beaufort hace
por estos parajes, me los han negado
en el relevo cercano.
--Tendréis mis dos caballos mejores, Aramis, y os recomiendo a Porthos.
--Nada temáis. Dos palabras más; ¿os parece que hago para
con él lo que debo?
--Estando, como está hecho el mal sí; porque el rey no lo perdonaría,
y luego , por más que él diga,
siempre tenéis un apoyo en el señor Fouquet, que nos os abandonará,
ya que no obstante su heroico com-
portamiento, también está muy comprometido.
--Decís bien. He ahí por qué en vez de embarcarme inmediatamente,
lo que daría a comprender mi te-
mor y me haría culpable voy a quedarme en territorio francés.
Pero Belle-Isle será para mí el territorio que
yo quiera: inglés, español o romano, todo consiste en el pabellón
que yo enarbole.
--¿Cómo así?
--Yo soy quien ha fortificado a Belle-Isle, y mientras yo la defienda, no habrá
quien ponga la planta en
ella. Además de que, como vos lo habéis dicho hace poco, puedo
contar con el señor Fouquet, lo cual quie-
re decir que sin el consentimiento del superintendente no atacarán a
Belle-Isle.
--Es verdad. Sin embargo, sed prudente. Aramis se sonrió.
--Os recomiendo a Porthos, --repitió el conde con fría insistencia.
--Nuestro hermano Porthos seguirá mi suerte, --repuso Aramis en el mismo
tono.
Athos se inclinó y estrechó la mano de Aramis; luego se acercó
al Porthos y le dio un efusivo abrazo.
--¿Verdad que nací con buena estrella? --repuso él, embozándose
en su amplia capa.
Venid, amigo mío, --dijo Aramis.
Raúl se había anticipado para dar las órdenes del caso
y hacer ensillar los dos caballos.
Ya el grupo se había dividido; ya Athos miraba a sus amigos a punto de
partir, cuando algo así como una
niebla pasó por delante de los ojos del conde y le cayó cual losa
de plomo sobre el corazón.
--¡Es singular! --dijo entre sí Athos. --¿De qué
nace ese anhelo de abrazar nuevamente a Porthos?
Precisamente Vallón se había vuelto, y se acercaba con los brazos
abiertos a su antiguo amigo.
Aquel último abrazo encerró tanta ternura como en la juventud,
como en los tiempos en que el corazón
latía con fuerza, como en los días en que la vida se presentaba
color de rosa.
Porthos subió sobre el caballo, mientras Aramis se volvía para
echar nuevamente los brazos al cuello de
Athos.
Este vio a sus dos amigos en el camino real alargarse en la sombra con sus blancas
capas. Cual dos fan-
tasmas, los fugitivos se agrandaban a proporción que iban alejándose,
y no fue entre la niebla, no en la pen-
diente del suelo donde desaparecieron: al final de la perspectiva, Aramis y
Porthos pareció como que ha-
bían dado con los pies a sus cuerpos un impulso que les hizo perderse
evaporados en las nubes.
Entonces y con el corazón opreso Athos entró otra vez en su casa
y dijo a Bragelonne:
--El corazón me dice que no volveré a ver a esos dos hombres.
De repente atrajo la atención de padre e
hijo hacia la alameda, un rumor de caballos y de voces.
Algunos porta antorchas a caballo sacudían alegremente sus hachas en
los árboles del camino, y de cuan-
do en cuando volvían el rostro para no alejarse de los jinetes que les
seguían.
Aquella luz, aquel ruido, el polvo que levantaban una docena de caballos ricamente
enjaezados, hicieron
estupendo contraste en medio de la noche con la desaparición sorda y
fúnebre de Porthos y de Aramis.
Athos entró en su casa; pero apenas hubo llegado a su terraza, cuando
pareció que la verja se inflamaba,
todas las antorchas se detuvieron y abrasaron con su claridad el camino.
--¡El señor duque de Beaufort! --gritó una voz.
Athos al oír aquel grito, se abalanzó a la verja.
BEAUFORT
Ya el duque se había apeado y buscaba algo alrededor.
--Aquí estoy, monseñor, --dijo Athos.
--¡Hola! Buenas noches, ¿es muy tarde para un amigo, querido conde?
Beaufort, del brazo de Athos entró en casa, seguido de Raúl que
iba respetuosa y modestamente entre los
oficiales del príncipe, de los cuales muchos eran amigos suyos.
El príncipe se volvió en el instante en que Raúl, para
dejarle solo con Athos cerraba la puerta para pasar
con los oficiales a una sala contigua.
--¿Es ese el mozo de quien he oído tantos elogios de boca del
señor príncipe de Condé? --preguntó
Beaufort.
--Sí, monseñor, --respondió el conde.
--¡Es todo un soldado! No está de más aquí. Decidle
que se quede, conde.
